Noel “El Niño” Torres: del pájaro en jaula al bosque que cuida

De San Juan de Nepomuceno a la Reserva Natural El Silencio — la historia de un hombre que siempre supo escuchar a los animales, aunque no siempre de la misma manera.

El niño que criaba pájaros

Noel Torres nació en el Carmen de Bolívar y a los cuatro años ya vivía en San Juan de Nepomuceno, en las faldas de las Serranías de San Jacinto, en el Caribe colombiano. Se crió en el campo, y desde temprano los pájaros lo encontraron a él.

Aprendió a conocerlos de la única manera que sabía entonces: cogiéndolos. Primero intentó con adultos, pero “eran muy ariscos y tocaba soltarlos, porque se querían reventar con la jaula”. Entonces cambió de estrategia: empezó a buscar los nidos. Su favorito era el Tumbayeguas, que pone el nido bajito, casi contra el suelo. Fácil de encontrar, si uno sabe mirar.

Con el tiempo fue criando más: Toche fino, Sangretoro, Azulejo, Pico Gordo, Canario, Mochuelo pico’e maíz, Tusero, Meriño, Tumbayeguas. Cada especie con su carácter. Al Meriño, también le dicen  la Rosita, gris arriba y rojito abajo, lo soltaba y no se iba. Una vez se escapó y anduvo por las calles del pueblo parado en los cables de luz, sin voltear a ver a nadie. Fueron a buscar a Noel al trabajo. Llegó como a las 4 de la tarde. “Apenas que lo chiflé él vino volando, abrí la puerta de la jaula y se metió.”

Pero el arte de verdad era enseñarles a cantar. Para eso Noel tenía su método: una hojita seca. “Mientras él esté viendo el movimiento de la hoja, él va soltando más cantos. Al esconderle la hoja, el pájaro se queda callado.” Y para grabarles un  canto nuevo, esperaba el cambio de plumaje, cuando el pájaro enmudece y graba lo que oye. El mejor alumno era el Sinsonte. “La pronuncia con más claridad en su canto.”

La pregunta que lo cambió todo

Noel quiso hacer una pajarera. Su mamá no le aceptó. Pero fue ella quien un día le preguntó algo que no pudo sacarse de la cabeza: “¿A ti te gustaría que te dejen encerrado?” Su papá se lo dijo de otra manera: “¿A ti te gustaría que te tuvieran preso?”

Y recordaba también las historias del pueblo: gente que quiso mucho a sus pájaros, los cuidó años, y cuando a ellos mismos los encerraron por alguna razón y volvieron a la libertad, lo primero que hicieron fue abrir las jaulas. “Porque se dieron cuenta que estar encerrado, es maluco.”

Hoy, Noel no tiene pájaros. “Ya salí de todo.”

“Voy a proba pa ve”

Paula Caycedo lo conoció como guía en los Montes de Maria. Le insistió varias veces que fuera a trabajar a la Reserva Natural El Silencio. Noel tenía más de veinte años sin salir a trabajar por fuera. Pero algo le dijo que sí. “Voy a probá pa ve.”

Lo primero que vio al llegar fue un zancudero. Y pensó: “Si pasa una moto, me devuelvo.”

No pasó ninguna moto.

No era del todo ajeno al concepto de reserva, en San Juan de Nepomuceno queda el Santuario de Fauna y Flora Los Colorados, parte del Sistema Nacional de Parques. Pero El Silencio era otra cosa. Árboles que nunca había visto. Especies que no conocía. Un bosque que guardaba secretos.

Lo que encontró adentro

Hoy Noel describe la Reserva como “un lugar de protección para los animales”, rodeada de predios ganaderos, donde las especies “encuentran un hogar seguro y se sienten tranquilas”. Los parches de bosque han crecido, y con ellos han llegado más paujiles, más huellas de jaguar, más choibos. Los senderos del monte están cada vez más transitados… pero no por personas.

Ha aprendido a leer esos rastros. Las cámaras trampa se convirtieron en una de sus herramientas favoritas: registrar sin perturbar, ver sin ser visto. El bosque hablando en imágenes.

Y la Reserva también ha cambiado a los vecinos. Noel recuerda las palabras de Don Darío, capataz de la finca ganadera Las Palmeras: “Del jaguar se dicen muchas cosas, pero esos animales también se necesitan, por eso están. He visto la danta, y por algo están. Los vecinos han logrado entender esto.”

El bosque y la humanidad

“Sin bosque no habría humanidad.” Para Noel no es una frase, es una convicción. Los bosques limpian el ambiente, producen oxígeno, bajan la temperatura, evitan que la tierra se recaliente. “Son la protección de uno como ser humano.”

La Reserva también ha traído trabajo a la comunidad de Bocas de Barbacoas, ha atraído investigadores y amantes de la naturaleza en busca del paujil de pico azul, y ha demostrado que conservar y vivir bien pueden ir de la mano.

Para el futuro, Noel tiene una visión sencilla y ambiciosa a la vez: “Cada vez se va a encontrar más “montaña” (bosques bien conservados) en La Reserva.” Y los dueños de fincas vecinas, dice, deberían construir corredores que conecten sus predios con el bosque  para que los animales puedan moverse, encontrarse, seguir siendo.

Él, que antes abría jaulas para que los pájaros entraran, hoy cuida un bosque para que no necesiten salir.

Noel “El Niño” Torres es guardabosques de la Reserva Natural El Silencio y líder del monitoreo de biodiversidad de la Fundación Biodiversa Colombia.

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